Buscar
10:51h. Sábado, 19 de octubre de 2019

Un viaje a La Gomera con motivo de la inauguración del Pescante de Agulo (1908)

"En el Taoro uno de los vapores interinsulares que están dedicados a transportar frutos y uno también de los más capacidad y cómodos aloja­mientos, entramos, á las nueve de aque­lla noche, unos 50 ó 60 excursionistas..."

De Santa Cruz á Agulo.--Abordo del "Taoro". — Noche alegre. —Noticia desagradable.-La Iglesia de Agulo.--'Fiestas y más fiestas'. — ¡A dormir!

No era para mí, conocedor del carácter liso y llano de los gomeros, cosa extraordinaria el éxito monumental de las fiestas que en Agulo se prepararon para celebrar un día por todos concep­tos memorable; y desde que fueron anun­ciadas con una modestia que en todos les casos tiene la fortaleza de la sinceri­dad, me las prometí muy felices, presu­miendo el efecto agradable y tal vez in­esperado, que habían de sentir mis com­pañeros Santiago García Cruz, director de El Progreso y Leoncio Rodríguez, redactor jefe de este diario republicano.

A las ocho del viernes último, fieles á la amable invitación de D. Leoncio Bento, el Alcalde entusiasta de Agulo y Presidente de la Sociedad El Patrio­tismo, organismo que tiene para sí para sus elementos y, en primer termino, pa­ra D. Manuel Cañadas, como representante de la casa del Sr. Wolfson, la gloria de haber iniciado en aquella isla hermana un surgir hermoso de las ini­ciativas particulares, nos encontramos en el muelle de esta Capital, en disposi­ción de viaje y todos los invitados que en esta excursión pusimos un verdadero empeño, para corresponder á la galan­tería de sus organizadores.

Leoncio Bento, alcalde y patriarca de Agulo

Leoncio Bento, alcalde y patriarca de Agulo

En el Taoro uno de los vapores interinsulares que están dedicados a transportar frutos y uno también de los más capacidad y cómodos aloja­mientos, entramos, á las nueve de aque­lla noche, unos 50 ó 60 excursionistas, entregándonos á la pericia marinera de D. Roque Pérez, capitán del buque, per­sona que sabe, por natural inteligencia, hermanar las durezas de mando tan de­licado y de tanta responsabilidad con las atenciones y cuidados de un trato agradable y simpático: un canario de Gran Canaria, modelo de paisanos que no sabe, por que el mar lo aleja de pasiones ruines, de nada que no sea fran­queza, hidalguía y cumplimiento del deber.

Una vez á bordo nuestro jefe de ex­pedición, el Sr. Cañadas, á quien acompañan su gentil hija la Srta. Estrella, y su hijo Manolo, joven, casi niño aún, de envidiable complexión sana y ro­busta, el capitán del Taoro dispone las necesarias maniobras para que el bu­que se vea libre de las amarras que lo sujetan y entre, proa adelante, en aguas costeñas con rumbo á la punta de la Rasca, para en ella variar de dirección, en demanda del puerto de Agulo.

El mar apenas se mueve; nuestros compañeros de viaje, los profesores de la banda municipal de la Laguna, turban musicalmente el silencio de la no­che con alegres y sentidos aires de nuestro país.

Sobre una de las bandas del Taoro, mirando como se alejan de nosotros las luces de Santa Cruz, se forma un gru­po, una peña que en franca broma, en fraternal unión, casi olvida los sinsabo­res de una vida de trabajos y esperan­zas... Y el Sr. Cañadas, García Cruz, Crosita y Leoncio Rodríguez, Félix Molowny y este pobre cronista, charlan y ríen, fuman y beben, á la vez que un aire fresco y tonificante nos ensancha los pulmones y nos acaricia amable­mente.

Al remontar la Rasca, el mar está menos compasivo, enviando olas que, al chocar sobre el Taoro, le dan un movimiento sospechoso para los estó­magos delicados. Y así notamos que ya no suenan las alegres cantatas y que la expedición vá tomando una posición ho­rizontal.

Antes de que la peña hiciera lo mismo, Roque la invita á tomar café. Y á poco, cada cual, busca su mejor aco­modo.

Muy de mañana—no recuerdo á pun­to fijo la hora—nuestro jefe, queriendo no privarnos de espectáculo tan mara­villoso, nos despierta con el anuncio de vamos cruzando por frente á la Gomera y que en breve daríamos fondo en el puerto de Agulo.

Mis ojos, no bien claros aún, pues ya no muy jóvenes se resienten un poco de las vigilias, pasaban de uno á otro lado del buque contemplando la costa agreste, salvaje, manchada acá y allá de un verdor vegetativo, de la isla her­mana, y entre nubes blancas, cuajadas sobre sus hombros de piedra, la gigan­tesca mole del Teide que á Tenerife nos señalaba, medio borrada por la lejanía del horizonte.

Frente á nosotros, Hermigua, el va­lle delicioso con sus cascadas de agua cristalina que se pierde en el mar después de fecundizarlo; más á la derecha, en una plataforma elevada, el pintoresco pueblo de Agulo, espejo de laborio­sidad incansable, de fervoroso entusias­mo por su progreso. Y despeñándose por cauces violentos desde lo más alto de las montañas, dos caudales de agua que, espumosa y crepitante, llega al valle, mansa y risueña, serpenteando por entre plataneras y terrenos labora­bles.

Abajo, al pie de la rocosa cordillera, robando al mar sus dominios, venciendo sus oleajes furiosos, la obra humana, el pescante de Agulo, proclamando la voluntad de quienes pusieron corazón y fé en aquella verdadera lucha contra el poderoso elemento. Himno de triunfo sabe aquí entonar el trabajo del hombre, si mi pluma no fuera tan tosca y tan humilde!..

¡Fondo! — ordena el capitán del Tao­ro—y las uñas de sus anclas se agarran á las arenas del fondo, saludando á los de tierra con el ronco rugir del vapor que se escapa... Sobre el impropiamente llamado pescante, pues aquella obra, planeada y dirigida por el inteligente D. Enrique Bayoll, es un excelente muelle de madera que descansa en con­sistentes y elevados prismas, nos aguar­dan, para recibirnos y saludarnos, el Alcalde D Leoncio Bento, D. Rosendo Carrillo y otras personas más que en estos momentos siento no recordar.

Inauguración del Pescante de Agulo (abril de 1908)

Inauguración del Pescante de Agulo (abril de 1908)

Bienvenidos, bienvenidos, nos decían con ese regocijo que no es parsimonia, con esa lealtad que no es falsa cuando subiendo por resistente y bien dispues­ta escalera, estrechamos con fraternal calor las manos hospitalarias que venían en busca de las nuestras agradecidas... Parecióme estar en mi propia casa, en­tre mi propia familia. Casi todas aque­llas personas me son conocidas, y la seriedad antipática de las presentacio­nes quedó olvidada por el afecto cari­ñoso de los viejos camaradas... ¿Que tal?. D. Leoncio. ¡Salud!, D. Rosendo. Estos fueron mis saludos y parecidas sus correspondencias.

Pero, como en esta vida, al decir de Tolstoy, la alegría es lo pasajero e inestable, lo que pasa en fugaz carrera, con precipitado ademán de una más precipitada despedida, una noticia desagra­dable vino á aminorar el encanto del recibimiento... Ángel Carrillo, el alma de aquellos festejos, el buen gomero, amante de su pueblo y entusiasta de sus adelantos, que unos días antes ha­bía llegado á Agulo para disponerlo todo y prepararlo todo, guardaba cama aquejado de un fuerte ataque de angi­nas. Hoy, afortunadamente, el querido amigo se encuentra casi restablecido de aquella picara é inoportuna dolencia. Vayan en estas líneas mis deseos fer­vientes por su total curación.

Después de tomar un excelente y fortificador desayuno entre la algarabía de los que llegábamos y las exquisitas atenciones de les que nos recibían, em­prendimos la subida caracoleadora del camino que á Agulo conduce, en fami­liar conversación con nuestros acompa­ñantes. A la entrada del pueblo, un grupo numeroso de personas nos saluda cariñosamente; la expedición de perio­distas se aloja cómodamente en la casa de D Leoncio Bento y en la de su hermano D. Ramón, y los profesores de la banda de La Laguna, con su joven y notable director D. Fernando Rodríguez, quedan á cargo de D. Rosendo Carrillo.

La inauguración del pescante coincide con !a festividad de San Marcos, pa­trono de Agulo, y con el año cabal del comienzo de aquella obra. A la plaza de Leoncio Bento, donde se alza la igle­sia parroquial, fuimos todos los expe­dicionarios. Y después de visitar á Ángel Carrillo y de ser obsequiados por su padre, entré en el Templo católico postrándome ante el Dios de mis oraciones, con el recogimiento y fervor de un buen creyente. Y por serlo, por tener arraiga­da en mi conciencia la fé santa del cris­tianismo, diré algo de la triste impresión que produjo en mi alma aquel templo medio ruinoso, casi destartala­do, lleno de fieles que asistían á la fun­ción religiosa en honor de San Marcos.

Antigua iglesia de Agulo

Antigua iglesia de Agulo

Por amor á la humanidad, por ese amor que Cristo predicaba, la Autori­dad local de Agulo, mi buen amigo don Leoncio Bento, está en la obligación de hacer cumplir el acuerdo del Ayunta­miento que preside y que dispuso la clausura de aquella iglesia ¡Que tremenda responsabilidad no le alcanzaría sí, como es probable, las paredes desnive­ladas de aquella santa casa, cayeran sobre los fieles que oran! Ya sé yo que un sentimiento religioso, admirado y admirable, retarda la tan radical de­terminación; pero es preciso sobrepo­nerse a él y cumplir lo acordado, que Dios, en su piedad infinita, tendrá en cuenta lo urgente del caso.

En Agulo supe, por boca de su Al­caide que existe el pensamiento,  si el si el Gobierno de la Nación se resiste á donar cantidad alguna para la reedificación del Templo de emprenderla á expensas de particulares donativos; pero entre tanto, insisto en mis excitaciones y espero que ellas sean atendidas.

Hecha esta digresión que he creído necesaria, reanudo el relato de nuestro viaje.

La procesión de San Marcos por to­das las calles de Agulo, resultó de un efecto sorprendente.

Millares de personas formaban un acompañamiento vistoso y de tonos variados, confundiéndose los vestidos elegantes de las señoritas principales con las modestas y limpias faldas de las bellas campesinas.

El cielo, expandido y límpido, reía complacido. Las notas jubilosas de la banda lagunera, marcaban cadencias retozonas y ritmos juguetones. El esta­llar de las aguas llegaba hasta nosotros en vaivenes de rumores que se acercan y se alejan... ¡Loado sea Dios!

Más tarde, banqueteados por D. Ra­món y D. Leoncio Bento, mi humanidad repleta y más que satisfecha, se pa­voneaba en la plaza de Agulo, como si ya estuviera yo para interesar corazo­nes femeninos, en competencia con Crosita y Leoncio Rodríguez. Sean ellos, con sus almas de artistas, los que can­ten á unos ojos negros, azules ó pardos; mi musa es prosaica y de arideces ru­das... Por la noche, vuelta á la plaza de Leoncio Bento. En estas jornadas musi­cales, la batuta de Fernando Rodríguez y la afinación, centro y gusto artístico de los profesores que aquella dirige, oh tuvieron un imborrable triunfo...

¡A dormir!—me dije— que mañana será otro día. Y aquí repito ahora lo que aquella noche pensé y puse por obra.

Petróneo-

29-4-908.

Diario La Opinión. 1 de mayo de 1908