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14:58h. lunes, 29 de noviembre de 2021
Opiniones

La súplica de un buen colaborador

Mi fraternal amigo, Rosendo Fragoso, el que nos indica que, “siempre ha preferido cumplir con su profesión, ante que ser hombre de profesión”, en estos últimos días, ha tenido la gentileza de me haberme cursado unos muy angustiados mensajes que me han dejado rematadamente impresionado y  suficientemente afligido.

Mi fraternal amigo, Rosendo Fragoso, el que nos indica que, “siempre ha preferido cumplir con su profesión, ante que ser hombre de profesión”, en estos últimos días, ha tenido la gentileza de me haberme cursado unos muy angustiados mensajes que me han dejado rematadamente impresionado y  suficientemente afligido.

Al parecer y, según los dictámenes médicos que me ha querido mostrar, anda padeciendo de un inesperado malestar congénito, del que, necesariamente, tendrá que ser operado.
Me invita, le encomiende en mis oraciones y que, anhelando lo mejor para él, le encienda una vela a San Judas Tadeo y al Santo Patrono que lleva su nombre, a la grata expectativa de que ambos, les conceda la celestial gracia de las mejores secuelas.

Me aturde la ejemplar entereza de este extraordinario ser humano y, hasta alarmado desconsuelo me ha producido sus irrevocables ideas, ya que, pensando en lo peor, “desea que sus restos mortales, para siempre, sean depositados en Hermigua, porque en la codiciada tierra de Agulo, su muy amado pueblo natal de La Gomera, no descansaría tranquilo., por razones que ya conocemos de sobra.

Que, le esboce en este Digital un “In Memorian” para que, cuantos le conocen, jamás le tengan en las apenadas sombras del olvido, y, ¡miren por donde!, hoy, teniendo en vivo sus plenas potestades, le rendimos en vida este espontáneo homenaje de auténtica amistad, plena confianza y desmedido apego, para que, de una vez por todas, se persuada de la alta y discurrida  estimación en que todos, tan honda y sinceramente, le tenemos.


¡Demos tiempo al tiempo, explayándonos de que, por el momento, no se consiga recurrir a ésta, su tan desolada e isleña petición! Sirvan estos modestos versos míos para que, el Amigo Rosendo se encare con fuerza a este traspiés del destino del que se levantara victorioso tal cual Ave Fénix.


¡Imploramos con fervor
este ejercicio piadoso:
¡una sentida oración,
para que, en su operación,
salga triunfante Fragoso!

Que, la cosa surja bien,
en tales días temidos
porque, contará también,
con las mil plegarias cien,
de sus muchos conocidos.

Nunca queremos perderle
y, que no... se, nos ausente.
¡Ansiamos pronto verle,
para leer y agradecerle,
sus escritos de valiente!


Una amistad sin barreras
rebosante de noblezas.
¡Enemigo de quimeras
que, de buenas a primeras,
sabe plasmar sus promesas!

Nuestro Colaborador,
está sufriendo un tormento
y, gimiendo en su interior,
se imagina lo peor,
a cada instante y momento.

Creyente de corazón,
pone vela en el altar
y, con sobrada razón,
si no tiene salvación,
en Hermigua, quiere estar.

Esta persona sencilla,
de memorias encantadas,
escribe de maravilla
y, no deja sobre silla,
injusticias comprobadas

Con su perenne sombrero,
no sabe disimular.
¡Consigue ser compañero,
siendo en nobleza un primero,
y, en, honradez, singular!

¡Que sus santos, tan benditos,
le conceda primaveras!
¡tornará con sus escritos,
creándonos los ritos,
de verdades bien certeras!

¡Nuestra estima indiscutible,
sin descanso ni reposo!
¡un afecto, irrebatible
que alcanzará lo imposible,
en don Rosendo Fragoso!