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11:19h. Domingo, 21 de Enero de 2018

Hay quienes ven el mundo a través de su ombligo. Pero nuestras islas no tienen un ombligo, sino dos. Las dos grandes capitales de Canarias son el centro del poder y del debate.

Cualquier médico sabe que dos enfermedades distintas requieren normalmente de diferentes tratamientos. Y los que somos padres bien sabemos que cada uno de nuestros hijos tienen talentos, capacidades y aptitudes diferentes.

Y aunque ninguno es mejor que otro —porque a todos los queremos con la misma intensidad— el camino que elegirán en sus vidas les llevarán a sitios distintos donde puedan desarrollar lo mejor de sí mismos. Y si alguno, por lo que sea, se queda atrás en los estudios o padece algún problema, la familia se vuelca en ayudarlo y apoyarlo para que salga adelante.

En la vida de Canarias, estas verdades elementales y sencillas no se dan. La política contemporánea y los modernos dirigentes de algunos partidos consideran que la medicina que necesita el Archipiélago es la misma para todo el mundo, aunque cada uno sea distinto del prójimo. Y en vez de preocuparse por quienes están en peores condiciones, para ayudarles a progresar y a desarrollarse, pretenden implantar una “falsa equidad” que consiste en tratar igualmente a los desiguales, que es la peor injusticia que se puede cometer.

Hay quienes ven el mundo a través de su ombligo. Pero nuestras islas no tienen un ombligo, sino dos. Las dos grandes capitales de Canarias son el centro del poder y del debate. Y todos los problemas que se perciben y las soluciones que se proponen padecen de los males de un centralismo asfixiante que es el principal sospechoso de nuestra sociedad desigual e injusta.

El 83% de la población de las Islas está concentrada en Tenerife y Gran Canaria. ¿Por qué los canarios se han ido a vivir allí y no se han distribuido poblacionalmente por las restantes islas? Pues por la misma razón que en un tren que viaja por el calor del desierto los pasajeros viajarán apelotonados en el único vagón donde hay aire acondicionado. Las personas buscan trabajo, estabilidad y futuro. Y para dárselo a sus familias se sacrifican y se mudan allí donde existen las mejores expectativas para lograrlo. Por eso miles de gomeros se fueron en su día al otro lado del Atlántico. Y por eso otros miles se fueron a Tenerife en los años cincuenta y sesenta del siglo pasado. Porque había que comer y había que buscar trabajo.

Las cosas han empezado a cambiar. La Gomera es una isla que empieza a tener mejores condiciones de vida y mayores expectativas de desarrollo. Pero estamos solamente al principio del inicio del cambio. Y muy lejos de estar al mismo nivel que otros lugares de este Archipiélago. Desde  Agrupación Socialista Gomera (ASG) hemos dicho ya muchas veces —y lo seguiremos diciendo— que somos conscientes de que el número de parados, de familias en precario y de necesidades, es mayor en las dos grandes islas. Y es mayor en razón de la cantidad de gente que vive en ellas. Pero también hemos dicho que la manera de cambiar esa realidad no es la perpetuación del injusto modelo de desarrollo de Canarias. Si el aire acondicionado sigue estando solamente en las grandes islas, los viajeros de este tren de siete vagones seguirán moviéndose hacia allí.

Hay que atender a las necesidades actuales de esa población que necesita ayudas en las grandes islas. Pero al mismo tiempo, hay que trabajar para cambiar esta realidad injusta y desequilibrada. No puede ser que cinco municipios de La Palma sean los que más población hayan perdido en la última década. Y no puede ser que se sigan acumulando más inversiones, más infraestructuras y más desarrollo allí donde ya hay más inversiones, más infraestructuras y más desarrollo. Ese círculo vicioso hay que romperlo discriminando positivamente en favor de las islas menos favorecidas para transformar su realidad y convertirlas en nuevos polos de desarrollo donde sus habitantes puedan encontrar futuro, oportunidades de trabajo y un mercado floreciente capaz de atraer nuevas empresas.

Estos días se habla de limitar el número de turistas que llegan a Canarias. ¿Para quién se está pensando esta medida? ¿Es lo mismo el desarrollo turístico de Fuerteventura, Lanzarote, Gran Canaria y Tenerife que el de La Palma, El Hierro y La Gomera? Por supuesto que no. Por supuesto que cada isla debe encontrar su propio modelo, pero es evidente que existen territorios de Canarias que están empezando su propio desarrollo turístico —de un turismo distinto y sostenible— para el que hablar de limitaciones al número de visitantes no suena bien.

¿Es que se quieren aplicar las mismas recetas a diferentes patologías? Pues sí. Aquí hay gente que piensa solamente en su ombligo y que cree que la realidad de las dos grandes islas es la misma que se da en las restantes de Canarias. Y se equivocan.

Es lo mismo que cuando se aprobó la llamada Ley de Turismo de las “Islas Verdes”, donde se adaptaban algunos estándares a la dimensión de nuestras necesidades y menores capacidades. Para algunos se trataba de una herejía que permitiría el desarrollo sin control del suelo turístico en esas islas. ¿Desarrollo? Ojalá.

Ganas me dieron de comprar algunos pasajes para invitar a esa gente a ver la realidad de nuestras islas, de nuestras familias que ven marcharse a sus hijos a buscarse los garbanzos fuera de aquí. Son los mismos que se opusieron al reparto de las inversiones del Fondo de Desarrollo de Canarias. Los mismos que con sus grandes universidades, sus grandes puertos y aeropuertos, sus grandes sedes de instituciones públicas y sedes de grandes empresas privadas, viven felices sin ver más allá de los bordes de su ombligo.

Pues que sepan que esto ya se acabó. Que las islas menos favorecidas de Canarias ya no van a permitir por más tiempo que esta no sea una tierra de iguales en deberes y en derechos. Que lucharemos con uñas y dientes por una Canarias donde todos seamos iguales y tengamos las mismas oportunidades.