Buscar
17:30h. Viernes, 20 de septiembre de 2019

De Anaga a Taguluche

En 2015 coincidí con mi amigo Paco Paco Déniz en la fiesta de Guará, entrañable pago en la lomada de Gerián, donde cada primer sábado de octubre se celebra una pequeña fiesta que sigue conservando las esencias y el aroma de las tradiciones. 

Allí se juntan familias, casi todas venidas de los pueblos de los alrededores, Guadá, Chipude, El Cercado, Arure, Las Hayas,..., que pasan una jornada compartiendo, parrandeando, tocando el tambor y bailando alguna pieza con cumbias y rancheras, de esas que parece que están grabadas en la genética de los gomeros y las gomeras.

Tanto le gustó a Paco lo allí vivido que le inspiró una de sus magistrales columnas, que tituló “De Guará a La Matilla”, uniendo esos dos rincones de La Gomera y Fuerteventura y cuya lectura recomiendo a quien no lo haya hecho. Guará y La Matilla - por Paco Déniz

Abusando de amistad y de confianza, utilizo su forma de titular para hacer una semejanza entre la fiesta de Taguluche, caserío de Valle Gran Rey donde algunos señalamos al paraíso o algo que se le asemeja mucho y las de los pueblos de Anaga (El Batán, Chinamada, Las Carboneras, La Cruz del Carmen,...), que tienen la característica común de conservar ese sabor auténticamente tradicional y ser punto para el reencuentro comunitario de quienes los habitan en la actualidad, de quienes allí nacieron y de quienes tienen algún lazo que los une a estos territorios.

A principios de este verano, Demófilo Díaz, reconocido dirigente vecinal de Chinamada, me explicaba con palabras apasionadas y sentidas, lo que las fiestas patronales significan para los habitantes de los caseríos de Anaga y el valor comunitario que atesoran. 

Anaga y La Gomera no solo tienen nexos paisajísticos, también comparten elementos históricos comunes. Por Andres Raya Ramos, paisano, compañero en el grupo de gobierno de La Laguna y gran conocedor y amante de Anaga y La Gomera, sé que hay documentos de los primeros años posteriores a la conquista de Tenerife que relatan cómo guanches de Anaga y guanches gomeros traídos a Tenerife como esclavos para cuidar ganado, se habían unido y andaban alzados en las montañas y valles de Anaga, convirtiéndose en un problema para los nuevos mandatarios insulares, que decretan su expulsión de la Isla porque “no se avenían a las normas”. 

También hay referencias de la presencia de gomeros en en Tegueste, Tejina La Punta, así como de algunos gomeros acomodados residiendo en La Laguna. La toponimia es testigo de este hecho y, por ejemplo, subiendo el Lomo de Las Canteras, hacia el monte de Anaga, se encuentra el Pico de Los Gomeros.

En Taguluche, joya paisajística al pie del Lomo del Carretón y perteneciente a Valle Gran Rey, pasé los mejores veranos de mi infancia y de la adolescencia, ayudando en las labores agrícolas y ganaderas a mi familia materna. Allí, por ser un reducto con gran cantidad de agua y pastos, se bajaban los animales, cabras, ovejas, e incluso algún burro y vaca, cuando los rigores del verano secaban los pastos de Arure, en la zona alta de la Isla.

Hablo de una época en la que no había carretera y los caminos eran las únicas vías de comunicación  para acceder a Arure y Alojera, los dos pueblos tradicionalmente hermanados con Taguluche. Por supuesto que la luz eléctrica, el agua corriente, los supermercados,... y otros lujos del progreso actual, eran utopías tan lejanas como las estrellas que cada noche iluminaban el firmamento, brindándonos un espectáculo impagable.

Los días transcurrían entre rutinas que ahora me parecen increíblemente evocadoras: levantarse al canto de los primeros gallos, desayunar leche recién ordeñada y mezclada con gofio o bizcocho, arranchar los animales, regar las papas o batatas cuando tocaba la dula de agua,... y al llegar el mediodía echar un poco de gofio y unas cebollas en una talega y salir corriendo para la costa, para los Pejes Reyes y el Charco de Mariana, escuela en la que aprendimos a nadar y a respetar a la mar. Por el camino se terminaba de llenar la talega con higos o brevas, frutos deliciosos que en Taguluche nunca faltaban en los meses de verano y que mojados en gofio me siguen pareciendo un manjar. 

Cuando el sol ya se descolgaba en el poniente, tocaba la vuelta a la humilde casita de piedra y barro de Mona, cenar lo que había, lo que daban la tierra y los animales, casi siempre papas fritas, huevos y queso, para luego dormir en un colchón de arropas de millo.

Así transcurrían los días de estío, que aderezábamos con la ilusión de la próxima fiesta en alguno de los pueblos cercanos: a mediados de julio la Virgen de la Salud y  a mediados de agosto San Salvador y San Nicolás, en Arure, el 24 de agosto San Bartolomé en Alojera y la más esperada, la Virgen del Buen Viaje, en Taguluche y en el último día del mes de agosto. Era obligado disfrutarlas, pues significaba el fin del veraneo y otras rutinas más duras acechaban con la entrada de septiembre.

Cuando la carretera, de tierra y prácticamente solo apta para los rudos taxis Peugeot de la época, asomó al Lomo de Alojera, “el progreso” nos brindaba la ventana de oportunidad de poder tener las fiestas con alguna de las orquestas gomeras que triunfaban por aquellos años de la década de los setenta, los Bajip de Agulo, Los Chávez de Hermigua, La Marina de Valle Gran Rey,...

Recuerdo con nitidez el año en que una muchachada ansiosa y bulliciosa, entra la que me incluía, subió con burros hasta donde llegaba la carretera para traer los instrumentos que los integrantes de los Bajip, cuando aún no habían saboreado la fama que los catapultó incluso a ser el grupo con más ventas en canarias, habían transportado en una destartalada furgoneta. La luz eléctrica para lo orquesta y la discreta iluminación de la plaza, la proporcionaba un motor de gasoil, también transportado a lomos de un burro hasta las inmediaciones de la plaza que rodeaba la ermita.

Ventorrillos artesanales de hojas de palmera, decoración elaborada con papelillos pegados al hilo de bala con pegamento de papas cocinadas, olor a carne cochino y vino azufrado,..., la procesión de la imagen de la virgen y el ramo, encabezada por bailadores y tocadores de chácaras y tambores, pies de romances que retumbaban en las faldas de los riscos de Teguerguenche, Tejeleche y Mona, con la caja de resonancia del impresionante Lomo del Carretón al fondo y muchas, muchas ganas de que la orquesta se iniciara con las cumbias y rancheras que nos daban el argumento esperado para iniciar el baile, que se convertía en una especie de ritual mágico.

El baile empezaba al atardecer y duraba lo que el gasoil que alimentaba el motor, nunca mucho mas allá de la media noche. Y olvídense de botellones, música estridente, peleas y cosas así que ahora son la tónica en las grandes fiestas. Si a alguien se le subían las copas a la cabeza, lo más que ocurría era alguna pequeña disputa que, a más tardar se arreglaba a la mañana siguiente con unas disculpas y un abrazo.

Alrededor de cuarenta años después, el 31 de agosto de 2019, volví a la fiesta que marcó mi infancia y mi adolescencia y por momentos, si cerraba los ojos, me sentía transportado en el tiempo, personas bailando y tocando chácaras y tambores que retumbaban y propagaban su letanía por el pie de los mismos e intactos riscos, la procesión y el ramo (probablemente actos herederos de ancestrales ritos), el olor a carne (el vino ya no es azufrado), niños y niñas correteando, familias disfrutando y compartiendo, las charlas afables de quienes aprovechan esta fecha para reencuentros aplazados, las cumbias tocadas al estilo gomero con el punteo de guitarra que pusieron de moda Los Bajip, las parejas de todas las edades bailando,... y hasta la misma brisa marina que subía por Guariñén, poniendo su toque de frescura en el ambiente.

En Taguluche, como en Guará, La Matilla, El Batán, Chinamada, Las Carboneras, La Cruz del Carmen y, por suerte, en un buen puñado de pueblitos de todas las Islas, la globalización y el falso progreso no han podido arrinconar a nuestras fiestas tradicionales.

  José Luis Hernández