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15:40h. Domingo, 18 de agosto de 2019
“Vamos hacia atrás, irremediablemente hacia atrás, injustamente hacia atrás mientras muchos no parecen enterarse y otros, los más poderosos, se frotan las manos comprobando que podrán mantener el status quo en el que unos pocos viven en su arcadia feliz mientras la mayoría no consigue salir del purgatorio al que les han enviado políticos sin moral e impunes a cualquier ley terrenal”.

Sé que el título les puede llevar a engaño, es más, creo que puedo escuchar sus risas y ver cómo esbozan una sonrisa cómplice o reprobadora a la vez que intentan explicarse qué demonios querrá decir este hombre al presentar un artículo de opinión con una introducción tan osada.

Calma. Y no es que en esa época ya lejana las hormonas no estuvieran bailando claqué en mi sangre, que lo estaban, ni que yo fuera un puritano al uso, que no lo era.

Estoy en La Gomera, isla mágica para mí porque aquí nací, aquí crecí y aquí experimenté por primera vez las ilusiones de la vida y los fracasos de una juventud insegura al darme cuenta que no todo era honrado, pasional y bien intencionado. Hace falta años y malas experiencias para darse cuenta de que el mundo no es, muchas veces, un lugar donde merezca la pena vivir.

Me traslado frecuentemente por las sinuosas carreteras de la isla, casi siempre acompañado, y noto que mi mente va más rápido que mi coche al recodar los tiempos pretéritos en los que hacía una hora de ida y otra de vuelta para cursar mis estudios de B.U.P. y C.O.U. Era duro pero no tanto como la impresión que tengo al recordarlo, sin duda impresión deudora de la idea de que ya no soy tan joven y las fuerzas no son las mismas. 

Cuando tienes 14 o 15 años tienes la impresión de que todo lo puedes hacer y de que no hay nada imposible si te lo propones y te esfuerzas mucho para conseguirlo. Esa idea, inspiradora de tantas cosas, ya no existe para muchos jóvenes que ven como su país les niega oportunidades que, no cabe duda, merecen para avanzar hacia un futuro justo en el que vean, ellos también, que sus hijos viven un poco mejor que ellos.

Vamos hacia atrás, irremediablemente hacia atrás, injustamente hacia atrás mientras muchos no parecen enterarse y otros, los más poderosos, se frotan las manos comprobando que podrán mantener el status quo en el que unos pocos viven en su arcadia feliz mientras la mayoría no consigue salir del purgatorio al que los han enviado políticos sin moral e impunes a cualquier ley terrenal.

Hablo con un amigo del pueblo y me cuenta cómo su hijo tuvo que salir del ruedo ibérico porque no estaba dispuesto a ser humillado después de haber dedicado su juventud a formarse. Las oportunidades fueron barridas por una crisis motivada, en gran parte, por la ausencia de controles al sistema financiero, por el latrocinio de los administradores y por, ya saben que es mi causa preferida, la falta de moral.

Su vástago no desea volver a nuestro país y crear riqueza aquí porque ya tiene su vida hecha fuera y porque, quizás, no se fía de los que lo dirigen. No culpo a tu hijo, le digo a mi amigo, mientras observo en su mirada triste la aceptación casi tácita de que tiene que ver a la carne de su carne sólo en periodos vacacionales.¿Se le puede exigir a este hombre patriotismo y creer en los símbolos de una nación que le ha robado a su hijo? Planteárselo sería, cuando menos, una ofensa.

¿Han pensado alguna vez en la cantidad de dinero público que se ha invertido,y bien invertido estaba, en formar a muchos jóvenes que están creando riqueza fuera de nuestras fronteras? Yo lo he hecho y no puedo encontrar idea más parecida al significado de derrota.

Cuando yo era joven esa perspectiva dantesca no tenía razón de ser porque se presuponía que, si te esforzabas, vivirías mejor que tus padres. Es más, eran tus padres los que, un día sí y otro tambíén, te inculcaban esa idea como precepto vital que serviría par toda la vida. No sé ni cuántas veces pensé en ello mientras estudiaba durante la hora de trayecto entre Agulo y La Villa ante la perspectiva de un examen a las 8 de la mañana en el que, lo recuerdo perfectamente, tenía la impresión de jugarme mi futuro.

Ahora, cuando conduzco por La Gomera, entre curva y curva, recuerdo toda esa época y pienso que, bien mirado, tenía más suerte que muchos jóvenes de ahora. Mi coche cruza la isla de Norte a Sur y vuelta otra vez mientras mi mente se pierde en divagaciones de un pasado que, como decía Muñoz Molina, es otro país donde las cosas se hacían de forma diferente. Cosas de la edad, supongo.