Rincones del Atlántico publica el tercer y último tomo de “Arquitectura y Paisaje. La arquitectura tradicional en el medio rural de Canarias”

“La destrucción es aún más grave, pues no estamos entre escombros, por desgarradores que sean, de casas y monumentos, sino entre escombros de valores humanos, y, lo que es más importante, populares” Pier Paolo Pasolini

Ha visto la luz en estos días el tercer y último volumen del monográfico “Arquitectura y Paisaje”, editado por Rincones del Atlántico, dedicado a la arquitectura tradicional de Canarias y a su importancia en el paisaje de las islas. El primer tomo vio la luz en 2008 y éste lo hace ahora, siete años después.

Todo comenzó hace más de doce años; poco tiempo después de iniciarse la aventura de Rincones nos propusimos hacer un número especial dedicado a la arquitectura tradicional en el medio rural de las islas, con el propósito de difundir su conocimiento, valorización y protección, por lo que empezamos a recorrerlas todas para fotografiar rincones, caseríos, casas aisladas –muchas de ellas abandonadas, otras en ruinas y casi desaparecidas–, así como a buscar en la memoria colectiva, tratando de encontrar, en distintas colecciones y archivos, públicos y privados, fotografías y documentos que nos mostrasen esta arquitectura en sus mejores tiempos, cuando todavía cumplía su función, antes de que apareciesen nuevos y modernos materiales (bloque de hormigón, cemento, hierro, pintura plástica) y de que se produjese el gran exilio de la antigua cultura campesina hacia los suburbios de las capitales insulares, los sures turísticos, o mucho más lejos, hacia Europa o atravesando el ancho océano para “hacer las américas”, siempre con la esperanza de un futuro mejor.

Al final, fue tanto el material que recopilamos que en vez de uno fueron tres volúmenes. Nos ha llevado una media superior a dos años hacer cada uno de ellos, y además han ido creciendo en páginas según se han ido publicando, resultando el último siempre más extenso que el anterior. Son libros editados con esmero y calidad, en tapa dura y profusamente ilustrados, con varios miles de fotografías –la mayor parte inédita– con sus respectivos pies de fotos en los que encontramos la información sobre los lugares y edificaciones fotografiados. Este último volumen, especialmente visual, es el mayor de los tres, con 544 páginas y cerca de 3.000 fotografías. Incluye interesantes mapas antiguos y actuales, fotografías aéreas y, al final de los capítulos, dedicados a cada una de las islas, numerosas fotografías de “Ayer y hoy”, comparativa de imágenes antiguas y actuales en las que podemos ver cómo ha sido la transformación de los caseríos y pueblos de todos los municipios de las islas al cabo de 50, 80 o incluso más de 120 años.

Como el anterior, se pondrá a la venta exactamente a la mitad del que sería su precio normal de venta pues Rincones no tiene un fin lucrativo, sino que su propósito es difundir conocimiento, comprender lo importante que es preservar el paisaje y el patrimonio de las islas para el presente y para el futuro de nuestros hijos y nietos: “Conocer para amar y amar para cuidar, proteger y conservar”. Que sea una herramienta verdaderamente útil y eficaz para combatir con ella la ignorancia, que todo lo oscurece. Por eso, como una declaración de intenciones, comenzábamos nuestro primer número con esta hermosa frase de P. Yogananda que resume la idea por la que nació Rincones: “La ignorancia es la maleza que crece desmesuradamente en el jardín de la naturaleza humana asfixiando la buena semilla”.

El tomo II, publicado el año pasado, abarca la información sobre las islas occidentales –El Hierro, La Gomera, La Palma y Tenerife–, así como un artículo dedicado a las haciendas de Tenerife y La Palma; y este, tercero y último de la serie, se ocupa de las Canarias orientales –Gran Canaria, Fuerteventura, Lanzarote y La Graciosa– más un artículo dedicado a las haciendas de las tres primeras. Los textos de este tomo –que han sido el hilo conductor y la estructura imprescindible para construirlo–, han sido escritos por el historiador Pedro Quintana Andrés, que se hizo cargo de varios de ellos por diversas causas con el entusiasmo y el gran rigor que le caracteriza, y por el arquitecto Ignacio Javier Gil Crespo, buen conocedor de la arquitectura de Lanzarote.

Como el tomo I, este también lo cerramos con una miscelánea que comprende dos artículos más cortos pero intensos, –cuyos autores son Faustino García Márquez y Fernando Sabatá Bel– que no sólo ayudan a cerrar, a modo de epílogo, estos tres tomos, sino que abren, al mismo tiempo, una nueva puerta que enlaza con el siguiente número de Rincones del Atlántico, que estará lleno de ideas y propuestas que consideramos importantes para caminar juntos hacia un futuro mejor. Se añade, además, un glosario de apoyo sobre arquitectura tradicional y usos en el medio rural.

Es esta una obra colectiva, pues los tres tomos han sido realizados gracias a la generosidad, el cariño, el apoyo y la colaboración de tantísimas personas que, de una manera o de otra, se han volcado a ayudar, y sin las cuales estos libros no serían ni mucho menos lo que son. Por eso manifestamos nuestro más profundo y sincero agradecimiento a los fotógrafos, coleccionistas y archiveros que nos han cedido un material único e imprescindible de maravillosas imágenes, la mayoría publicadas por primera vez, que ya no es posible volver a hacer; a quienes nos abrieron sus casas; a los que nos acogieron en ellas; a aquellos que nos acompañaron, patearon junto a nosotros y nos ayudaron con las localizaciones; a quienes se ofrecieron a realizar las fotografías que no tuvimos tiempo de ir a hacer; a los pintores que nos dejaron algunas de las obras que incluimos en los libros y con las que hicimos una preciosa serie de postales para las presentaciones; a quienes participaron en la campaña de crowdfunding –este sistema de suscripción, comunitario, transparente, de cooperación y apoyo mutuo, que permite que muchos sueños y proyectos puedan hacerse realidad, beneficiándonos todos–; al equipo técnico (maquetadoras, corrector, informático,  cartógrafo, asesores, imprenta…) y, finalmente, a la fidelidad y el cariño de los lectores y lectoras, a quienes van dirigidos, por estar siempre ahí. Con la cooperación y la ayuda mutua, nuestros antepasados, verdaderos protagonistas de este libro, lograron sobrevivir en tiempos difíciles, de escasez, y también progresar en épocas mejores. Nosotros hemos querido seguir su ejemplo, pues creemos en la gran energía transformadora del apoyo mutuo y de la solidaridad humana.

Queremos agradecer y resaltar especialmente, pues es una parte fundamental de estos libros, el magnífico trabajo y la gran sensibilidad hacia la gente, el paisaje y la arquitectura popular de aquellos fotógrafos que hace algunas décadas recorrieron las islas con sus cámaras, y cuyas imágenes, que nos han facilitado generosamente, ilustran este libro: Francisco Rojas Fariña, Francisco Ojeda Espino, Marcos Bello García, Carlos A. Schwartz…, así como otros muchos fotógrafos anteriores que desde mediados del siglo XIX visitaron o vivieron en estas islas y cuyas magníficas fotografías son hoy un testimonio de valor incalculable y que pertenecen a diferentes archivos públicos y colecciones privadas de las islas y también de fuera de ellas.

También aprovechamos la ocasión para informarles de que, como fruto de este trabajo colectivo, en diciembre de 2014 recibimos un premio del Colegio de Geógrafos de Canarias: “Por su destacada labor de difusión del conocimiento geográfico, la valorización y protección del patrimonio natural y cultural de Canarias”.

Y el pasado mes de septiembre el reconocimiento internacional de la KiP School, de Naciones Unidas, y su programa IDEASS, que nos invitaron a participar y presentar Rincones del Atlántico en su pabellón de la Expo de Milán y en la escuela de verano sobre Desarrollo Humano Sostenible, pues, según sus palabras: “Rincones del Atlántico representa una iniciativa ejemplar para promover procesos de desarrollo basados en la valorización de los recursos naturales, humanos, materiales, históricos y culturales del territorio y en la aplicación de las más avanzadas tendencias para un mundo sostenible”. 

El propósito de Rincones del Atlántico ha sido, desde el primer número de la revista, transmitir, de una manera divulgativa, amena, didáctica, con rigor y calidad, el valor y la belleza del paisaje y el patrimonio natural y cultural de las islas Canarias y la enorme importancia que tiene su conservación. Entendemos Rincones como una herramienta estratégica que contribuya a darlo a conocer, valorar y proteger y que ofrezca –desde una perspectiva pedagógica, ecológica, humanista, ética y constructiva– ideas y alternativas para un desarrollo realmente sostenible, armónico, racional, ecoeficiente y perdurable, colaborando desde este rincón del Atlántico a la buena salud de nuestro planeta. Deseamos y aspiramos a poder caminar juntos hacia una sociedad más justa y en equilibrio con la naturaleza, que proporcione una vida digna y buena a quienes ahora vivimos aquí y a las generaciones futuras.

El paisaje constituye uno de los valores más importantes de la relación de los individuos y las sociedades con su entorno. Cuando las cosas se hacen de manera correcta y respetuosa, mejora el bienestar, la autoestima, la identidad y la calidad de vida de los ciudadanos. Es un derecho vivir en un entorno digno, saludable, bello, en equilibrio con la naturaleza, y un deber de todos los ciudadanos y de las administraciones hacer lo necesario para cuidarlo y mantenerlo así para las generaciones futuras. Es esencial conocer y fomentar la importancia que tiene la conservación y el cuidado del paisaje, de los recursos naturales y de la herencia cultural de este archipiélago. Por eso es fundamental sensibilizar a los estudiantes y a la sociedad en general de la necesidad de proteger los valores paisajísticos y tomar conciencia de la incidencia de la acción humana en el medio natural. Apostar por la calidad del paisaje es apostar por la felicidad y por la calidad de vida de la población que habita estos territorios.

Con esta obra queremos propiciar una visión más amplia y profunda del patrimonio: el patrimonio como el lugar de la memoria, herencia e identidad cultural de un pueblo. El primer paso para poder valorar, proteger y conservar nuestra arquitectura tradicional es conocerla, comprender que es un elemento esencial que embellece y complementa el paisaje de las islas, que lo revaloriza. Como tradicional, esta arquitectura nos enseña el conocimiento y los valores de nuestro pasado que se fueron transmitiendo, durante siglos, generación tras generación; es una parte fundamental de nuestras raíces culturales. Este elemento patrimonial, tan unido al paisaje eminentemente agrícola de las islas, representa uno de los bienes esenciales para conservar lo local, nuestra cultura, tradiciones y memoria frente al vacío y a la clonación y homogeneización del mundo globalizado. ¿Qué señas de identidad, qué memoria, qué pasado, qué presente y qué futuro dejaremos a las futuras generaciones si seguimos maltratando nuestro territorio y dejamos que desaparezca el patrimonio heredado y la belleza de nuestro paisaje?

Es urgente la protección y conservación del, por desgracia, cada día más escaso patrimonio arquitectónico tradicional en el medio rural y el patrimonio agrario en general, llevar a cabo acciones orientadas al conocimiento, recuperación, rehabilitación y conservación de este precioso legado, desarrollando los mecanismos e instrumentos necesarios para ello, así como la conservación del entorno cercano en el que se encuentra la arquitectura a proteger, sin desvirtuarlo y restaurándolo en la medida de lo posible, apoyando una agricultura diversa y ecológica, cuidando y rehabilitando la flora autóctona, plantando árboles, etc.

Aquí termina una parte de esta aventura comenzada hace doce años, con este pequeño cofre de papel de unos tres kilos, quizás el peso medio de las piedras que, una a una, alzaron nuestros antepasados con sus manos para construir los muchos tesoros que guarda entre sus páginas, varios cientos de casas tradicionales así como otras construcciones rurales –graneros, alpendres, molinos, molinas, tahonas, eras, taros, hornos, lagares, salinas, pozos, estanques, secaderos, caminos y un largo etcétera– que fueron construidas por ellos como cobijo y para procurarse el sustento, para vivir la vida que les tocó vivir, una vida dura y difícil, pero que estaba más cerca de la naturaleza, que se adaptaba y convivía con ella. Y ella, a su vez, les proporcionaba la materia prima, que sus manos artesanas, con la ayuda de sencillas tecnologías de bajo coste, transformaban en las herramientas y los útiles necesarios para subsistir: muebles, enseres, aperos, cerámica, tejas, cestos, esteras, ropa y abrigo… y la tierra que les nutría, que cuidaban y trabajaban con sus manos y con la cabeza, con el conocimiento aprendido de sus mayores, con sobriedad, ingenio, eficiencia, cooperación, apoyo mutuo… valores que, junto a la sonrisa, nos urge recuperar en estos tiempos, pues debemos cambiar el rumbo al ya casi inevitable naufragio.

Decía Pier Paolo Pasolini –que fue un ferviente amante y defensor del mundo rural y de la cultura campesina–: “Para compensarme, bastará con que vuelva a la cara de la gente la manera antigua de sonreír; el antiguo respeto a los demás que era respeto a sí mismos; el orgullo de ser lo que su propia cultura ‘pobre’ enseñaba a ser”.

 

“La anulación del pasado es la gran tragedia del hombre moderno y la recuperación de la escala humana es la gran necesidad”.

“La idiosincrasia de un pueblo va perdiéndose según avanza la imparable destrucción de todo lo que conforma su identidad. El nivel básico de identificación es el espacio, tanto el entorno físico como el formado por los hombres a través del tiempo. Preservarlo con mimo sería entender la historia como continuo e imprescindible valor del presente”.

Fernando Gabriel Martín Rodríguez