Gibraltar

Ciérrese la verja. Córtense las comunicaciones telefónicas. Recuérdenles la privacidad del espacio aéreo español, cuyo quebrantamiento será severamente sancionado económicamente.

Todo ello conllevará un serio perjuicio, no sólo para los gibraltareños, ajenos al problema, sino, asimismo, para tantos españoles que, desde hace tiempo, encontraron en la Roca su medio de vida, por encima del nivel medio en España; tampoco estos trabajadores tienen culpa alguna en el contencioso existente.

Todos los perjudicados son inocentes, y a todos ellos hay que comprenderles y aceptar sus razones. Pero sólo hay un responsable que deberá rendir cuentas y satisfacer, de forma extraordinariamente generosa, los daños causados a todos y cada uno de los afectados, de forma que queden altamente resarcidos. Ese único responsable, y culpable de la situación, no es otro que Inglaterra, que, en su día, usurpó el terreno de Gibraltar a España, negándose a devolverlo, a de pesar de los muchos diálogos que obligaron, finalmente a los pronunciamientos de las Naciones Unidas, tomados siempre en referendum, para la reintegración del Peñón a su dueño. Ahora, el diálogo con Inglaterra fue siempre inútil y para peor.

Las consecuencias de las medidas que debería tomar el Gobierno español, sólo pueden ser imputables al Reino Unido, nunca a España, y deberán ser exigibles en su momento para que el daño causado a todos quede sobradamente compensado. No es serio que nuestro ministro Margallo manifieste que la recuperación de Gibraltar es un asunto prioritario para el Gobierno; es falso.

Si así fuera, actuaría tal y como se menciona, ya que sólo queda por cumplir la ejecución de la sentencia de las Naciones Unidas, y no hay otra forma de actuar contra quienes, en este aspecto, siguen ejerciendo de auténticos piratas: sin razón, pero con fuerza extrema, y provocaciones constantes. Nuestro Ministro, al no actuar con la hombría política necesaria y consecuente, debería admitir su renuncia a recuperar el Peñón, que es lo que realmente subyace en su conciencia ¡Qué vergüenza!