Nuestro Monte

Cuando escribo estas lineas en domingo de resurrección, acaba de escampar la lluvia. Hace momentos que acabo de hablar con mi amigo Mon Mendoza y le he preguntado si llovía, y me dice que parece como que quiere llover, pero no acaba de hacerlo. O al menos lo suficiente.

Y lo necesitamos, necesitamos el agua vivificadora que bendice nuestras tierras, limpia la atmósfera y prepara la simiente de los campos y mantiene nuestros montes. 

En un café con un familiar experto en aguas por profesión y por vocación, me dice que desde los datos que maneja el Consorcio Insular de Aguas de Tenerife la lluvia horizontal suponen el diez por ciento de las reservas de aguas de Tenerife, y que acorde con eso, sospecha que en La Gomera que la conoce desde niño, ha de ser una proporción mucho mayor. 

Siento debilidad por nuestro monte, por nuestro parque. Tanta como sentía desde la mas tierna infancia adicción a la piscina y Peñón de Hermigua. Pero ya rayando en la senectud, o quizá en ella, sigo rememorando los ratos que pasé en el monte, en lo que hoy es parque nacional. Aquellas comidas con mis padres y sus amigos en Meriga, cuando aún no estaba hecha la presa, y el agua discurría libre por su barranco, formando pozas capaces de cubrir por completo a varios hombres adultos como eran D. Inocencio Rodríguez Guanche y como era mi padre.

Aquellas reuniones en torno al mantel de cuadros presente y de Tupperware ausente. Todo era idílico para la mente de un niño que solo pretendía jugar y dar rienda suelta a su imaginación. Hoy en día cada verano y cada escapada a La Gomera es una oportunidad más de rendir tributo a ese amado monte, y siempre durante las vacaciones hay dos o tres visitas obligadas al monte: Una es a la Presa de Meriga, otra al Jardín de Las Creces y otra al monte de El Cedro.

Creo que los lugares están bien elegidos por que te da visión del conjunto, como hubiera dicho el poeta Agustin Millares Sall. Y da visión del conjunto porque una es la vertiente norte del parque, otra la vertiente sur y la última el corazón mismo del parque. Quizá por todo eso, prefiero alojarme siempre en las inmediaciones del parque, porque lo tengo a mano para recorrerlo, para pasearlo, para disfrutar de el, de sus silencios y de los trinos de sus pájaros, de sus olores y de sus sabores y también porque encuentro más armonía en la naturaleza, que en el núcleo urbano, y eso a pesar de que nuestros pueblos del norte siguen siendo oasis de tranquilidad si los comparamos con las gran metrópoli que también la visito bastantes veces al año. 

Será por eso, porque me siento bien en el monte, porque me da la vida, será por lo que me preocupa que algún día ese maravilloso patrimonio natural desaparezca. Por eso es bueno, que sigamos concienciando a nuestros vecinos y visitantes que nuestro monte siendo prácticamente único corre peligro siempre de extinguirse. No hay mayor error para el púgil que bajar la guardia.

Y cuando hablo de bajar la guardia, no me refiero sólo a la lucha que aún sigue contra el virus, que también ya que según observan desde el mando de la policía alguna parte de la población se está relajando, y “la confianza nos hace imprudentes” como escribía Alexandre Dumas, en su novela “La Dama de Monserieau”. No es el momento, de seguir poniendo negro sobre blanco en un tema del que se ha escrito demasiado, desgraciadamente, en las últimas semanas. Pero sí es el momento de tratar de concienciar sobre nuestro monte.

Los hechos son los siguientes: 
Hemos sufrido dos incendios devastadores en los últimos treinta y cinco años: el de mil novecientos ochenta y cuatro con trágicas perdidas humanas y naturales y el último de dos mil doce. Deberíamos haber aprendido algo de ellos. 

En los dos incendios se cometieron errores de bulto, que sólo cabe achacar a los humanos. Me dirán que eran imprevisibles, y me dirán mal, porque si es imprevisible que un descerebrado elija la peor época del año para quemar unos rastrojos, puede ser cierto, no es menos cierto que la conocida formula de la propagación del fuego, hace que si no se puede intervenir en los factores atmosféricos, si que se puede prevenir y en buena medida evitar que se propague.

Conforme a ella, mas treinta grados Celsius de temperatura, velocidad del viento superior a treinta kilómetros/ hora y descenso de la humedad ambiental por debajo del treinta por ciento, por ejemplo cuando lleva mas de treinta días sin llover, son la tormenta perfecta para que el fuego arrase nuestro montes. No podemos evitar que suban las temperaturas, que no llueva o que baje la humedad, pero sí predecir con un grado de fiabilidad bastante alto, que esto pueda ocurrir y en consecuencia prepararnos y tomar medidas en orden a suprimir o minimizar el riesgo. 

Si este es inevitable, que al menos no nos coja con el pie cambiado y sobre todo que la intervención humana no sea para poner palos en las ruedas de la extinción de incendios, sino para coordinar perfectamente la acción de los que están llamados a luchar contra el fuego. Con un mapa administrativo complicado como es la colaboración entre distintas administraciones: la local, con ayuntamientos y cabildos, la estatal y la autonómica, resulta patético que las cabezas visibles den palos de ciego, como suele ocurrir, que la improvisación suplante a la prevención y extinción.

Que los medios se desaprovechen porque no hay un mando único, técnicamente preparado y perfectamente coordinado, para realizar una labor también única: prevención y en el caso de que esta falle, la de extinción. Tenemos excelentes técnicos y expertos tanto en medio ambiente como experimentados en anteriores fuegos forestales, y a veces no los aprovechamos, me vienen a la cabeza varios nombres, y ninguno es político de profesión.

A los nombres de los sucesivos directores-conservadores que ha tenido el parque, como es el caso de Antonio Zamorano a quien entrevistó éste medio que ahora leemos en dos mil doce, el actual director- conservador como es Ángel Fernández, D. Carlos Bencomo Mendoza y D. Miguel Ángel Morcuende, la mayoría de ellos Ingenieros de Minas y Forestales, sobradamente preparados y experimentados, que deben ser tenidos en cuenta, y aunque algunos de ellos hayan podido desempeñar cargos administrativos de libre designación, y/o elección y eventualmente hayan hecho alguna incursión en política, (con bastante seriedad, por cierto), se les requiere por su valía profesional, técnica y por su experiencia.

Son ellos junto con los trabajadores de medio ambiente que recorren el monte día a día quienes mas conocen este y sus particularidades, pero también los agricultores de zona de preparque. Como suele decirse ninguno somos imprescindible, pero sí todos necesarios, porque como decía un eslogan que circulaba en los tiempos del extinto ICONA, (Instituto de Conservación de la Naturaleza): “Cuando el monte se quema, algo tuyo se quema”. Aún se pueden ver algunos de estos carteles que advertían del riesgo de incendios. Y ciertamente algo nuestro es el monte, porque al margen de su calificación jurídica como parque nacional o de los montes como bienes de dominio público, son el patrimonio que estamos obligados a transmitir a nuestros hijos y nietos, al menos conservado, y si es posible mejorado. 
Los medios de prevención y extinción que no son humanos, pero que utilizamos los humanos, también son necesarios. Pero los bienes de que disponemos, son como los mismos medios naturales, escasos. Por eso hay que aprovecharlos bien.

Los medios aerotransportados y aerotransportables,los camiones-cuba, los bulldozers que hacen cortafuegos, las mangueras y cubas, los equipos de protección individual. Todos ellos sirven para lo que sirven y deben ser usados con racionalidad y la mesura aplicables al caso que ojalá no se dé, pero que de darse ha de hallar la respuesta adecuada. Y para dar una respuesta adecuada también los responsables han de prever, que medios, cuales y cuántos pueden llegar a necesitarse, siempre será mejor prevenir que lamentar.

No nos sirven manidos discursos victimistas y achicando balones fuera, para diluir responsabilidades. Nos sirven hombres y mujeres que actúen como profesionales responsables, incluso en un área tan poco profesional como ha demostrado ser la política local, autonómica y estatal. Dice la historia que Felipe II dijo después del desastre de la Grande y Felicísima Armada: “Yo no mande a mis barcos a luchar contra los elementos”.

La lección que debemos aprender es que ahora que tenemos mas conocimiento de los elementos, podemos trabajar con ellos, no contra ellos, remando a favor de nuestra supervivencia cuando los elementos nos ayuden y cuando no nos ayuden menoscabando su acción destructora, cortando su avance, dando la batalla en vanguardia y protegiendo nuestra retaguardia.

Se puede hacer, se pueden unir cabeza y corazón, pensamiento y acción, coraje y prudencia, y para ello la mejor receta es estar alerta, planificar con tiempo, porque suele suceder que las catástrofes no vienen solas, suelen cebarse en los ya depauperados.

Estamos en medio de una de ellas y parece que tenemos mucha prisa por salir de este estado de sitio domiciliario. Algunos llevan muy mal el encierro, y ya quieren salir a disfrutar de un mundo que dejó de existir, que ha cambiado, que no volverá a ser igual. Y sin embargo, la naturaleza nos ha demostrado que no se puede agredirla impunemente, que toda acción, tiene su reacción y que somos frágiles ídolos de barro, deambulando por un planeta del que hacemos un usufructo compartido, pero del que no somos el titular dominical, y si creemos ser dueños y señores absolutos, con derecho de usar y de abusar de la propiedad, entonces el orden natural se encarga de ponernos a cada uno en el lugar que nos corresponde. 

Cuando pasees por el monte y escuches el rumor de la brisa, que a modo de Isa te brinda el instrumento divino que es la naturaleza, piensa en ella como una madre amorosa que arrulla una gran cuna, que es la de la humanidad.

Cuando el canto de un mirlo, el vuelo de un palomo de rabiche trace una estela en el cielo, piensa que todo eso fue creado para ti, para que legases belleza, armonía, serenidad y sobre todo vida a quienes han de hollar la tierra después de que tú la abandones. Nada fue casual, todo obedece a un orden natural.