La España patética: Homenajes extremos y sin fuste en memoria de Adolfo Suárez

Suárez, con sus luces y sus sombras, se mereció un mejor trato, pero en España cumplimos esa
máxima de que sólo hablamos bien de alguien cuando ya está fallecido. Una pena

Que en España somos pasionales, de eso no me cabe la menor duda. Ahora,
muerto Adolfo Suárez, todos se han lanzado a una absurda competición para
ver quién llega más lejos. Que el Ayuntamiento de Madrid le va a poner su
nombre a no sé que calle, llega la Comunidad y triplica el homenaje y como
en el Gobierno se ponen celosos, ahora quieren cambiar la nomenclatura de
aeropuerto de Barajas y llamarle aeropuerto Adolfo Suárez...y así hasta el
infinito. De tal guisa que podemos toparnos con un centro de salud Adolfo
Suárez, un centro comercial Adolfo Suárez o un parque Adolfo Suárez.

Sí, ahora hay codazos para ser el primero y el más ¿original? hasta llegar
a borrar el nombre del ex presidente de tanto usarlo. Pero aquí, los que
fueron inteligentes (no digo que sean los únicos) fueron los del
Ayuntamiento de Ávila, poniendo su nombre al estadio donde juega el equipo
de la ciudad y el pequeño, pero coqueto, municipio de Garachico, en el
norte de Tenerife, donde siempre se le ha tenido en una altísima estima y
la avenida principal lleva su nombre.

Partiendo de la base de que todas las instituciones desean hacerlo de buena
fe, me refiero a estos gestos póstumos, lo cierto es que me parece que
cobra más sentido que nunca aquella frase del propio Adolfo Suárez que
lamentaba que tanto cariño que se decía que se le procesaba luego no tenía
demostración en las urnas. Y no digamos cómo se las pintaban los
adversarios políticos, prestos a invadir el caladero electoral de UCD y
luego del CDS para arrumbar al ex presidente al exilio.

A mí me parece que los homenajes deben darse en vida porque una vez
fallecido, sinceramente, parece que es un gesto forzado, más de cara a la
galería, que hecho de corazón y de manera altruista. Suárez, con sus luces
y sus sombras, se mereció un mejor trato, pero en España cumplimos esa
máxima de que sólo hablamos bien de alguien cuando ya está fallecido. Una
pena