Las Campos: racismo de clase en horario de máxima audiencia

Telecinco la cadena de Mediaset, protagonizó un reality show con 'Las Campos' por navidad,  el periodista Raúl Solís, analiza en un gran artículo publicado en Paralelo 36 Andalucía, el bodrio de ostentación navideña sin parangón y el trato hacía las mujeres del servicio doméstico. 

Recordemos que en el mes de agosto ocurrió un desencuentro similar, esta vez protagonizado por 'la adorable' presentadora María Teresa Campos con su sirvienta.

Raúl Solís | Paralelo 36 Andalucía

Lo confieso: he visto la cena de Navidad en casa de María Teresa Campos que Telecinco ha convertido en un reality-show. Y no doy aún crédito de lo incrustado que tienen en este país los ricos el desprecio hacia las mujeres del servicio doméstico, ese ‘Muro de Berlín’ entre clases sociales que no se cae por los siglos de los siglos y que sigue ahí, recordándonos quién es el ganador y quién el perdedor, quién la persona y quién una cosa sin valor.

Es digno de una tesis doctoral esa formalidad distante con la que se dirige Terelu Campos a las señoras del servicio. Terelu Campos, esa muchacha que nunca estudió Periodismo pero que ha logrado dirigir programas de televisión gracias a la ‘cultura del esfuerzo’ que le ha proporcionado ser hija de su madre, hay un momento del programa que indica a una de las señoras del servicio doméstico: “Vamos…”, le señala, como queriendo decirle que se dé prisita en llenarle la copa de vino. Más que llamar a una persona, la vulgar hija de Teresa Campos parece que está llamando a un gato.

Pero nada, la intención de estas imágenes es que apreciemos lo ‘natural’ que es la hija de María Teresa Campos. Todos comen en una mesa de lujo, con cubertería, vajilla y decoración de gala, pero a nadie se le ocurre invitar a las trabajadoras a que se sienten en la mesa para, al menos, tomar el postre.

 

Todos reciben regalos de debajo del ilustre árbol de Navidad de la familia, todos menos las dos señoras del servicio doméstico, que están en la cocina limpiando las copas, los cubiertos y los platos del banquete ostentoso y cateto de esta familia televisiva.

Ni siquiera la comida que cocinan las señoras del servicio doméstico es autoría de ellas. A la cocina van las ‘señoras de la casa’ a echarle una mijita de sal y a darle el último meneo al puchero y al pavo para firmar la obra culinaria que llevan horas preparando las dos trabajadoras. ¿Qué es eso de reconocerle el mérito de saber cocinar a la chacha? ¡Populista, demagogo, radical!

Es también digno de mención el tratamiento clasista y lleno de desprecio de Terelu Campos cuando apela a las señoras del servicio para que sirvan al resto de invitados: “La señora quiere más vino, el señor quiere más…”. La señora y el señor que minutos antes habían sido mandados, literalmente, a la mierda por Terelu Campos, ahora adoptan un rol de divinidad ante el servicio doméstico. No es educación ante las señoras del servicio, es altanería y distancia de clase.

Los señores delante de otros señores serán una “mierda”, pero delante del servicio doméstico, la ‘mierda’ son ellas, las trabajadoras que preparan y sirven la comida con gesto hierático y llenas de inseguridad ante la insolencia y mirada de desconfianza y poder de los ‘señores de la casa’.

Los señores y señoras de la casa, entre ellos, están relajados y hablan con el acento andaluz de la matriarca, pero cuando llegan las chachas se habla en un perfecto castellano, distante y frío, que es la forma que las Campos tienen de decir que ha terminado el trato familiar, cercano y cómodo.

Hoy todos los periódicos estarían hablando de la Familia Campos si hubieran tenido un gesto de homofobia, machismo o racismo contra sus empleadas, pero nadie publicará nada para criticar el racismo de clase, el odio contra los pobres, que rezuma su comportamiento televisado en horario de máxima audiencia.

El odio a los pobres, a los trabajadores y trabajadoras que ocupan las escalas menos valoradas de nuestra sociedad, está tan normalizado que ni lo vemos, tan socialmente legitimado que ni es delito. A la gente hay que valorarla no por cómo trata a sus iguales, sino por las maneras con las que se dirige a sus subordinados, a quienes ocupan un escalón o varios escalones por debajo de su escala social.

En la casa de la Familia Campos, el árbol de Navidad del hall tiene más valor y reconocimiento social que las dos mujeres abnegadas que, además de trabajar como mulas, soportan la vulgaridad, el desprecio y el clasismo de quienes no tienen más mérito que haber nacido en una cuna privilegiada.

Raúl Solís, periodista

 

Twitter: @RaulSolisEU

 

Fuente: www.paralelo36andalucia.com