Puede que España no vaya a tener el Gobierno que necesita, pero tendrá el único Gobierno posible(Por Paulino Rivero)

En los pronunciamientos públicos llevados a cabo por todas las fuerzas políticas tras las elecciones del 10-N ha habido un denominador común: nadie quería unas terceras elecciones. 

Pedro Sánchez ya es presidente del Gobierno de España. Después del tenso y bronco debate para su investidura, celebrado el 4 y 5 de enero, el pasado martes consiguió la minoría mayoritaria exigida para su elección en segunda votación. La sesión de investidura -atípica- pasará a la historia por haberse celebrado en la víspera de los Reyes Magos y no por el debate en sí, ni desde luego por las sorpresas producidas en el posicionamiento de los distintos grupos políticos. Atadas -y bien atadas- previamente las abstenciones de Esquerra Republicana de Cataluña y la de HB Bildu, la mayoría ganadora eran los 167 votos que sumaban PSOE, Unidas Podemos, PNV, Más País, Comprimís, Nueva Canaria, BNG y Teruel Existe.

En el debate se vivieron momentos de alta tensión dialéctica entre los grupos conservadores y la coalición de izquierdas -PSOE-Unidas Podemos-, principal soporte del candidato. Tendríamos que remontarnos al período inmediatamente posterior al 11 de marzo del 2004, cuando la dialéctica frentista entre la izquierda y la derecha removía la ejemplar transición llevada a cabo tras la muerte del dictador, para encontrar una atmósfera similar -en aquella ocasión con los populares culpando a los socialistas de la pérdida de las elecciones celebradas 72 horas después del atentado, especialmente por la gestión llevada por estos en la jornada de reflexión-.

Muchos analistas políticos centran sus criticas en los partidos de ámbito territorial que han apoyado la investidura de Pedro Sánchez. No es ninguna sorpresa que Esquerra exprese desde la tribuna del Congreso de los Diputados que en su ideario contempla la independencia de Cataluña; lo ha expresado siempre con igual claridad. Tampoco deben sorprender a nadie los réditos políticos y económicos que ha perseguido siempre el PNV -unas veces con los socialistas, otras con los populares-; ni debe ser tampoco argumento para la sorpresa que HB Bildu esté más cómoda facilitando un Gobierno de izquierdas que arriesgarse con una nuevas elecciones que podrían beneficiar a las fuerzas de la derecha y ultraderecha. Si Comprimís, Nueva Canaria, BNG o Teruel Existe han apoyado la investidura de Sánchez, a cambio de compromisos del nuevo Gobierno con los territorios que representan, obedece a una lógica que está en el guión de sus respectivos idearios, es su razón de ser.

Los partidos independentistas, nacionalistas, regionalistas o provincialistas que facilitaron la investidura no son los culpables de que España no tenga el Gobierno que se necesita para abordar las reformas estructurales necesarias, actualizar algunos aspectos de la Constitución del 78 o afrontar los desencuentros territoriales. Quienes han debido asumir esa responsabilidad son los partidos de ámbito estatal.

En los pronunciamientos públicos llevados a cabo por todas las fuerzas políticas tras las elecciones del 10-N ha habido un denominador común: nadie quería unas terceras elecciones. Tampoco la mayoría de la ciudadanía. La unánime voluntad de todas las fuerzas políticas de no ir a unas terceras elecciones así como la incapacidad y falta de generosidad de los partidos de mayor peso en el ámbito del Estado para buscar un acuerdo de amplia mayoría -que habría permitido llevar a cabo las reformas estructurales necesarias para actualizar y modernizar el sistema político del país- ha desencadenado en el único acuerdo posible: la coalición PSOE-Unidas Podemos con los apoyos mencionados. Puede que España no vaya a tener el Gobierno que necesita, pero tendrá el único Gobierno posible.