Agulo: ayer, ahora, siempre

“Cierro lo ojos, consejo de Ramón, y los recuerdos vienen a mí en un bombardeo que me agrada, que me puede, que no destruye nada ya que sus bombas están llenas de vida. Sí, fogonazos del pasado, luces que iluminan estos días de tristeza y soledad.”

Creo que siempre he sido leal en la amistad, ese apoyo vital que complementa al amor y a la familia, tres patas de esa mesa que podríamos llamar felicidad. Uno vale lo que vale su palabra, me repetía una y otra vez aquel hombre que repartía productos por La Gomera y que tuvo una muerte que no merecía. He empeñado mi palabra con el gran Ramón Rodríguez y con el gran Alexis Serafín al pedirme que escriba sobre nuestra infancia en Agulo, época que no se ha ido porque nos negamos a que se vaya.

El deseo de hacerlo bien se cubre de miedo ante el temor de no conseguir lo que se espera de uno, reflexión de un servidor al que siempre le importó una mierda lo que venía de gente lejana y que, también, siempre intentó agradar a los que llevaba en su corazón. Uno es lo que es, para lo bueno y para lo malo.

Anoche llovió en Guamasa y posiblemente lo vuelva a hacer esta noche pero la lluvia no huele ni suena igual que en Agulo. Allí, siendo joven, todo tenía otra forma, otro gusto, otro olor, otro tacto, sentidos que parecen diferentes siendo los mismos, mentira asumida porque los sentimientos dan otra forma a todo lo que percibimos. Un potaje de berros en casa de mi hermana no sabe igual que en mi casa.

Cierro lo ojos, consejo de Ramón, y los recuerdos vienen a mí en un bombardeo que me agrada, que me puede, que no destruye nada ya que sus bombas están llenas de vida. Sí, fogonazos del pasado, luces que iluminan estos días de tristeza y soledad.

Esas tiendas que mataron mucha hambre y a las que acudías de pequeño a “hacer mandados” a regañadientes, ese sabor a chupetes llenos de azúcar y esos polos rojos, de Clipper, en “casa Alonso”, esas tardes en “el cabezo” donde las madres escuchaban la novela en la radio, “Lucecita”, por ejemplo, mientras las manos cosían y se esbozaban sonrisas cómplices al escuchar la historia. Y, mientras, nosotros merendábamos bocadillos de mantequilla y chorizo perro en cualquier casa, estómagos llenos y risas a borbotones.

Las enfermedades parecían menos enfermedades. El alcohol y el Vapo-Rub hacían milagros en las frías noches debajo de los riscos de la Zula, Abrahante y La Caperuza, esas agujas que pincharon muchos glúteos con una simple desinfección en agua hirviendo, ese vino Sansón que se aplicaba contra la anemia, esos mocos que caían y caían en un torrente de caudal igual al de La Vica, esos toques en la puerta a las tres de la mañana pidiendo ayuda porque alguien estaba enfermo, … ¿Cómo sobrevivimos?

No necesito ninguna magdalena, que diría Marcel Proust, para evocar y sentir, quizás una galleta de limón de las de Ibrahim (ese gran conversador al que me gusta escuchar) y Yoya, de las de mi hermana, de las de cualquier persona que aprecio y con las que me reuniré en Agulo cuando me jubile. 

Sigo escribiendo porque sigo sintiendo: ese olor a colegio, a aulas abarrotadas, a pegamento “imedio”, a respeto por los profesores, no por serlo, sino por ser mayores, a copiar 20 veces en un cuaderno algo para retener, a Don Pablo y su campanilla, a Don Juan Ramón con sus historias, a esa profesora guapa y joven, Piluca, que nos volvía locos a los chicos, a Don Pepe que me dio dos cachetadas cuando tenía 10 años por no traer la tarea, acto que le recuerdo cada vez que le veo y que nos permite reírnos ya que no guardo ningún trauma, todo lo contrario, derechito como una vela, que decía mi padre, aunque yo no creo en los castigos físicos, esa tiza de la pizarra que no se acababa nunca, ese ambiente que no está muerto porque todos lo recordamos.

El olor a tafeña, a dulces gomeros en un horno que se compartía y que unía, ese pescado fresco que traían los pescadores de Agulo, ese Juan el Villero, tío mío, que hizo tanto por el folclore de la isla, ese pescante, piscina natural, donde Alexis y yo le echábamos el ojo a alguna chica del pueblo, ese camino hacia ese pescante, en bajada y abrupto, que hacíamos corriendo al estar impacientes para lanzarnos de cabeza en “piedra rajada”, donde todo eran risas bajo un sol que quemaba una piel sin protección solar. El mar, que diría el navegante genovés, nos traía sueños.

Ese “pedregal mata”, que me recuerda siempre el gran Rafael Rodríguez, en el que una piedra hacía de caballo, equino que galopaba velozmente porque la imaginación es más fuerte que una roca, esos chicles bazoka, estira y explota, masticados mientras gritábamos gooooooooool, en una portería hecha por dos suéteres, rezando porque la pelota no cayera en la azotea de Luis Torres o García.

Esos piques del 79, filmados con el corazón por el gran Pedro Cruz, esa estructura separada en tres espacios, que me recuerda Alexis, tres zonas casi independientes dentro de un pueblo pequeño y que era llevado al paroxismo en esas fiestas, esas camisas verdes en las que ponía “Viva las casas 1979”, esos globos unidos con “poliá” que veíamos subir y subir, esas miradas felices, esos tiempos que no volverán. Y después el fútbol que volvía a unir al pueblo, ese Camilo como referente, ese Freddy como presidente, ese grito “Agulo, Agulo, y nadie más”.

La gente mayor, el respeto, que me recuerda Ramón, la unión en los valores, la fuerza de nunca sentirse solo porque siempre se podía tocar en una puerta, los paseantes solitarios, que diría Rousseau, por las calles del pueblo, ensimismados en problemas que no entendíamos al ser niños, los entierros que no asimilábamos porque pensábamos que la buena gente era eterna.

Y, sobre todo, la gente, mi gente de Agulo, los hijos de Efigenia (todos ellos) referentes en la conducta, mi primo Carlitos Segredo, Jorge Morales, Francisco Cabello (Kiko Macho) y sus hermanos Rafael y Moisés, Francis el de Marina, Eduardo Lugo, Moisés el de Sara y tantos otros. Ésos que están y que estarán, que me abrazan con la mirada cuando estoy en el pueblo, ésos que han sustituido a los mayores que se han ido, que los mejoran y los complementan, sin cuya presencia, para mí, Agulo no sería Agulo.

Abro los ojos. He acabado. Miro por la ventana y me doy cuenta de que no estoy en el Cabezo, en El Charco, en Agulo, en mi querida isla de La Gomera, en el sitio de mi recreo. O quizás sí, tal vez sí lo estoy, viendo como camino por sus calles empedradas, como respiro ese aire frío, ese combustible que sólo existe en mi pueblo, ese algo que me hace falta para volver a ser yo.


P.D. Este artículo no hubiese sido posible sin las ideas de Ramón Rodríguez y de Alexis Serafín.

Nota de Redacción: las Fotografías que ilustran esta Opinión han sido tomadas de la Fanpage del Fotógrafo de Agulo Pedro Cruz Vera (PedrodeAgulo)