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domingo, 21 de abril de 2024 00:00h.

El Quijote de Agulo

OSCAR MENDOZA
“Siempre fue él, a pesar de todo y de todos, a pesar de los consejos o quizás gracias a lo que vivió o dejó de vivir. Y creo que hizo bien, que no se traicionó nunca, que derramaba su presencia con ese caminar suave y pausado por las calles de nuestro pueblo, sabedor de que no era perfecto pero que, a cambio, no dejaba indiferente a nadie.”

Hay situaciones que cuesta olvidar porque, sencillamente, no quieres olvidarlas. Dos amigos están sentados en la terraza de “Casa Tomasín”, mirando al cielo, callados por momentos y hablando en otros, ésos en los que el más alto siempre lleva la iniciativa y el más bajo, sencillamente, aprende. Acude Joel, simpático y solícito como siempre. Hace una broma al que habla más, al que es más inteligente, al que narra historias como nadie, a ése que admira el que apenas habla, profesor que frente a su amigo queda como alumno, como alguien sin apenas nada que decir ya que el profesor de la vida ejerce su magisterio como nadie. Kiko dice algo así como este Joel siempre igual pero lo quiero mucho. Yo, sentado frente a él, sonrío y me doy cuenta de que ese hombre grande y fuerte lo es también por el tamaño de su corazón.

No hace tanto tiempo de eso y es un recuerdo que me persigue, mezcla de alegría en esa tarde de sol entre los riscos de nuestro paraíso y de tristeza al saber que nunca más Agulo será como antes, que se quedará incompleto para mí, para el que desearía vivir allí, al no ver, a lo lejos o muy de cerca, a ése que no tenía miedo a nada.

Francisco Cabello Hernández, Kiko Macho, Kiko Cabello, esposo, padre, hermano y amigo mío por obra y gracia de la suerte que tuve al nacer en el mismo pueblo que él, no muy lejos El Calvario del Charco, antes, y ahora su casa pegada a la de mi hermana, donde me quedo cuando voy a compartir momentos con todos los que quiero en Agulo. 

Hace ya años, cuando empecé a escribir gracias a la generosidad de José Andrés Medina, noté que él se metía en mi cabeza primero y negro sobre blanco después. Lo llamo por teléfono y le pregunto si le molesta que haga referencia a él como Kiko Macho, apodo por el que todo el mundo lo conoce, al ser ésta también mi intención: que todo el mundo lo conozca. Él me responde que nunca se ofendió por eso pero que me agradece el detalle de preguntar. Así era mi amigo, directo y elegante a la vez, más directo en algunas ocasiones en las que le recordaba que no merecía la pena discutir por todo, fútbol o política, temas nimios o importantes. Me miraba, sonreía pícaramente y ya sabía que no me haría caso. Siempre fue él, a pesar de todo y de todos, a pesar de los consejos o quizás gracias a lo que vivió o dejó de vivir. Y creo que hizo bien, que no se traicionó nunca, que derramaba su presencia con ese caminar suave y pausado por las calles de nuestro pueblo, sabedor de que no era perfecto pero que, a cambio, no dejaba indiferente a nadie.

También, en la intimidad de la amistad, sacaba esa parte sensible y cercana, que tanto me recuerda su hija Nayra. No hace mucho escribí sobre Chicha, al descubrir que su hermano trabajaba conmigo. Lo llamo y le pido consejo. Hablamos y hablamos y, de repente, no habla, se queda callado, le digo Kiko hay problemas en la línea pero, poco después, me doy cuenta de que no es eso, que Kiko llora en silencio al recordar a su amigo, como yo lloro ahora a golpe de tecla mientras quiero que las palabras, huidizas como nunca, me vengan para hacer ver cuánto lo quería.

Chicha y Kiko. Gente a la que admiré sin límites, esos dos que ahora hablan y hablan en la otra vida, juntos e inseparables, cercanos en la palabra y en el abrazo, en la mirada cómplice. Yo, en esta vida presente, espero que me esperen cuando me toque mi hora y mi hijo ya no me necesite. Seré ése que escuchará sin decir palabra, consciente de que, ante ellos dos, no tengo nada que decir.

No hace mucho que estuve cerca de la muerte. Una operación que se complica, dosis de mala suerte y un final bañado por una depresión que casi acaba conmigo. Él me llama a los veinte días y me dice que no sabía nada, que Olivia se lo había dicho y que por qué no lo llamé. Se disculpa y se enfada, me dice que los amigos están para eso, que me quiere mucho y que siga luchando. Claro, Kiko, así lo haré, nos vemos dentro de poco en Agulo, abrazos, abrazos, …

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Francisco Cabello Hernández

¿Generosidad? Kiko Macho. ¿Valentía? Kiko Macho. ¿Miedo? Yo no tengo miedo a nada, me dice mientras noto en su mirada que es cierto. Giro la conversación para ponerlo a prueba, para medirlo en lo que es. Y si le pasa algo a tu familia, ¿tendrás miedo? Él se queda callado, agacha la cabeza y me dice algo así que qué listo soy. No, no soy listo, sólo que conozco muy bien a mi amigo.

Viernes noche en casa de mi hermana. Acabo de llegar de Tenerife y estoy destrozado por dentro, no tanto fisiológicamente, que también, sino mentalmente. Tomo medicación e intento luchar. Me llama Kiko para que le ayude a coger papas mañana por la mañana. Dice que me vendrá bien.

Yo, neófito en temas de agricultura, lo hago según me dice él, lección explicada también a Armando y a otro chico del que no recuerdo el nombre. Kiko, en la seguridad de la experiencia, cava con el motor, se sienta y nos dice a recoger. Él nos mira desde la distancia y veo que sonríe porque le hacemos caso. Saber mandar, según él, es un don y creo que tiene razón.
Después invita una copa en Casa Tomasín. Yo invito otra, aunque él se niega. Lo convenzo y me dice gracias por ser como eres. Gracias a ti por ayudarme con los demonios de mi cabeza. Nos abrazamos y nos despedimos.

Poco tiempo después llevo a mi hijo a Agulo. Éste es Mendoza, dice mientras ríe y le hace carantoñas. Mi hijo lo mira, algo intimidado por aquel hombre fuerte y alto al que su padre quiere. Espero que sea generoso como el padre y no agarrado como su abuelo, mientras estalla en risas que, ahí todavía no lo sabía, nunca más volvería a ver.

No mucho tiempo después estoy en la piscina de Tagoro con mi hijo. Lo estoy cambiando para bañarlo sin darme cuenta de que mi vida va a cambiar otra vez, un segundo giro dentro de un año que quiero que se acabe pronto. Mi hermana me llama y noto enseguida que algo ha pasado. Le pregunto si Mamá se ha ido pero ella me dice que no, que algo peor y ahí noto que las fuerzas me fallan. Recibo el fogonazo, visto a mi hijo y volvemos a casa.

Y una nube me cubre, más densa que las que suelen verse en Guamasa, algo que me parece irreal, algo parecido a una pesadilla, una película ajena a mi voluntad pero que tendré que vivir.
Papi, estás bien, me pregunta mi hijo mientras lo abrazo con fuerza para que no lea en mi mirada que no estoy bien, que algo en mí se ha ido para siempre, que siempre seré padre para él pero que ya no seré amigo para el Quijote de Agulo, ése que tanto me enseñó y que me espera en la otra vida.

Pasan los meses y trato de estar cercano con sus hijas y esposa, sus hermanos Moisés, Rafael y Dulce. Damos una vuelta por La Gomera, de Norte a Sur y vuelta a nuestro pueblo. Me siguen gustando esas salidas pero el aire ya no parece tan aire, los sitios ya no son iguales, la conversación ya no es tan fructífera. Falta algo, falta alguien, falta ése que usaba un bolso de lado a lado, que dibujaba Quijotes en cualquier servilleta, que cantaba los goles del Madrid como nadie, que contaba historias como un narrador compulsivo, Cervantes en la palabra y Velázquez en el dibujo, cercano y lejano según lo ocasión.

Yo, por mi parte, seguiré ejerciendo de amigo en la distancia, próximo a él en mis recuerdos, en mis vivencias, en todo eso que me conformó en largas conversaciones, en ese barro con el que él modelaba nuestra amistad, en eso que ni tan siquiera la muerte me podrá arrebatar.