Mesa para cinco en Agulo.

“Rafael, Fran y yo hablamos poco y preferimos escuchar. Historias de familia que nunca debieron suceder, anécdotas de obras de teatro en la iglesia y de travesuras que iban un poco más allá, observadas ahora como algo banal y lejano. Personajes de Agulo con sus más y sus menos, fechorías varias que carecen de importancia porque hace mucho que sucedieron, guiños a un pasado remoto pero rico. Había más gente y, por ende, pasaban  más cosas.”

Es curioso cómo se acrecienta, poco a poco, la imagen que tienen de uno los demás. Yo, al amar las palabras, suelo darles la importancia que merecen, que es mucha, sin dejar de pensar que, puestos a elegir, son más reveladoras las intenciones que los vocablos. Ya saben, las manos que ayudan son más sagradas que los labios que rezan. ¡Cuánto mejor no estaría el mundo si nos esforzáramos en ello!

Tengo fama de hablar mucho. Quizás por ser profesor, una especie de deformación profesional que se extrapola hacia otros espacios que no son el aula y que, a buen seguro, me definen más que esos momentos de tiza y pizarra. Creo, sin embargo, que soy mejor “escuchador”, si me permiten el término, aplicando aquello de tener dos orejas pero una sola boca. 

No es una justificación para anular mi fama. Primero porque no creo que sea para tanto y, en segundo lugar, porque lo que piensen los demás de mí me suele afectar poco o, mejor, me lo paso por el forro de mis partes nobles.

Última noche en Agulo. Mañana regreso a Tenerife a cuidar de mi hijo y una sensación agridulce ocupa mi cabeza: necesito ver a mi hijo pero también necesito la paz de mi pueblo, el aire frío de esos riscos inmortales, charlar con la gente que quiero y pensar, una vez más, que nunca estuve mejor ubicado que en el lugar donde vi la luz y donde, si la vida no me regatea, esa luz se apagará para entrar en la oscuridad eterna.

Carlitos y Moisés se acaban de ir. Me quedo con mis queridos Kiko Macho y Juanito Lilia y, poco después, aparecen Fran Méndez y Rafael Cabello. Compartimos la mesa, el pueblo, las historias, las risas, la vida que se ha ido y que no volverá, mientras Margot no deja de traer cervezas para regar la amistad.

Y ahí me ven, anulando esa fama de hablador y cumpliendo lo que antes les decía de “escuchador”. Sí, escucho y apenas hablo, percibiendo que no tengo mucho que decir ante la avalancha de historias que vienen, ante la vida de otros que se desarrollaba antes mis ojos y que yo apenas percibí, quizás por ser un poco más joven que todos ellos, quizás por esas lagunas de mi pasado donde, ahora lo sé, estaba ciego para las cosas realmente importantes.

En aquellos años yo nunca cumplí el precepto de echar dos vistazos a la vida y uno a los libros. Más bien echaba muchos a los libros perdiéndome así cosas que no debí perder. Las fallas de mi pasado también me dieron forma pero me hubiese gustado que, en ciertas cosas, todo hubiese sido diferente.

Escucho y me asombro que, siendo del pueblo, apenas sé de él. Pero ahí están mis amigos para hablar y explicar, contar y relatar como suele puede hacerlo alguien que lo vivió en primera persona, o casi.
Ahí está Kiko Macho, llevando la voz cantante por la sencilla razón de que es el que más historias recuerda.

Su memoria, prodigiosa, sólo está a la altura de su sinceridad y, siendo directo como nadie, tiene cuidado al contar algo que puede enturbiar la mesa y, en todo caso, sonríe para hacer ver que son cosas del pasado que ya no viven. Él cuenta, apenas juzga y, al escucharlo, pienso que el pueblo perdió a un gran historiador.
Juanito Lilia escucha mucho y habla poco, consciente de haber hablado mucho por la mañana conmigo, haciéndome ver que él nunca podría ser profesor, quizás porque su madre lo fue y yo lo soy. Esa profesión, dice, está muy poco valorada.

 

Pero ahora, en la mesa para cinco, también cuenta cosas, con esa sonrisa pícara que lo define, con ese verbo fluido y calmado, sabedor de que no tiene que agradar a nadie porque ya está de vuelta de todo. Me comenta, decepcionado, cosas que se piensan de él y que yo no veo, que nadie que lo conozca ve. Sólo percibo un gran corazón perfectamente ubicado en Agulo.

Rafael, Fran y yo hablamos poco y preferimos escuchar. Historias de familia que nunca debieron suceder, anécdotas de obras de teatro en la iglesia y de travesuras que iban un poco más allá, observadas ahora como algo banal y lejano. Personajes de Agulo con sus más y sus menos, fechorías varias que carecen de importancia porque hace mucho que sucedieron, guiños a un pasado remoto pero rico. Había más gente y, por ende, pasaban  más cosas.

Una unión de hace mucho que me cuesta ver ahora, unas fiestas de todos y para todos, unos jóvenes empezando a vivir y unos mayores que, siendo estrictos, sonreían con frecuencia. “Si detienen a ellos también me detienen a mí”, afirma Juanito respecto de una historia de hace mucho. Lo dice serio, haciendo ver que él asumía sus responsabilidades. Después sonríe mientras afirma que así eran entonces. No sé si se da cuenta pero está reflejando valores que ya no están y que deberían volver.

Son las once de la noche y Margot, sin decirlo, nos invita a dejarlo ya porque tiene que cerrar. Buen viaje, Óscar, dice Kiko mientras coge su coche. Nos despedimos con los codos, cosas de esta pandemia, mientras nos emplazamos para el 17 de agosto, fecha en la que volveré. Nos abrazamos con la mirada y nos decimos que nos cuidemos.

Subo a casa de mi hermana. Sólo he cenado un bocadillo y una cerveza. Es curioso, no tengo hambre y me siento saciado. Y es que las historias entre amigos, las risas y los recuerdos, las bromas y los consejos, tienen mucho poder. Consiguen que el tiempo pase rápido y que las necesidades del estómago sean olvidadas para darle prioridad a las de corazón.