Un paseo por Guamasa

“Y mi preocupación crece, deseando rezar, si yo fuera creyente, para que no le pase nada a nadie, que el virus pase de largo ante gente que es buena o que nunca le ha hecho daño a nadie, ante gente que no lo merece. Pero ya se sabe que las cosas no funcionan así y no hay peor tirano que la vida misma.”

No hace mucho que me he levantado y aún resuenan en mi cabeza las palabras de lo que estoy leyendo por las noches, un libro de Muñoz Molina describiendo los primeros meses de la pandemia en Madrid. O tal vez sean las palabras de cualquier noticiario escuchado entre la avena y el café, casi dos años después del comienzo de todo, casi dos siglos atrás, hace no sé cuántas muertes y lágrimas. El tiempo, al parecer, ya no se mide en cuánto hemos sufrido sino en cuánto nos queda para acabar con esta locura. Ya ven, la esperanza siempre mete su patita buscando un espacio para respirar. Y está bien que sea así.

No he dormido bien y mi cuerpo lo nota. La desesperación y el hartazgo se funden en pensamientos negativos y todo parece negro, todo parece triste porque todo es realmente triste. Los contagios suben y ya parece que este coronavirus se va a coronar en todos nosotros, huésped eterno aunque debilitado cuando pasemos de una pandemia a una endemia, cuando no distingamos entre los cientos de virus que nos acompañan un invierno sí y el otro también.

Es curioso. No tengo miedo o, mejor, no me preocupa en exceso lo que me pase pero me da terror si  toca a mi hijo. Al fin y al cabo yo he vivido ya y él está empezando a vivir. Eso debe ser el amor: aceptar cualquier sacrificio en beneficio de ese loco bajito de casi cinco años.
Me tomo mi segundo café e intento borrar todos esos pensamientos de mi cabeza. Me prometo no escuchar noticias en todo el día e intentar no preocuparme sino ocuparme.

Hace tiempo que no voy al gimnasio, resultado de una semana de descanso para relanzar la máquina y por la tercera vacuna que, curiosamente, no me dejó ningún efecto.
Pero ya noto la llamada del sudor y del sacrificio, esa voz que me indica que invierta en mi cuerpo y en mi mente, esa llamada desde muy adentro, esa obligación que hace que me active.

No iré al gimnasio hasta el lunes pero me cambio, me pongo mi chaleco de lastre y salgo a caminar por Guamasa durante una hora. Gorra, mascarilla y móvil son mi equipaje. No me hace falta nada más. Empiezo y el aire es algo frío, algo húmedo, como ese aire de mi infancia allá en el terruño, en mi paraíso, en Agulo. No es exactamente igual pero se le parece mucho. Y eso me gusta.

 

 

Encuentro a gente caminando y coches y coches que pasan y pasan, martirio de esta superpoblada isla donde hay un serio problema de movilidad. 
La gente  que camina va con la cabeza gacha, con miedo, se aparta al verme, impulso normal de protección ante la nueva situación que nos ha cambiado a todos. Y los pensamientos vuelven a mi cabeza, golpeándome una y otra vez, lastre que se añade a mi chaleco para hacer más dura la caminata, más agotadora, más cansada mentalmente. Este puñetero virus tiene un alcance sanitario, económico pero también psicológico y estoy seguro que mucha gente pagará un peaje por ello en su porción de felicidad. 

Intento evadirme y pensar en mi Agulo, ese Charco donde nadó mi infancia, esas Casas de paseos para hacer mandados, esa Montañeta donde íbamos a socializar, primero al Club y después a la Avenida. Y pienso en mis amigos, Kiko Macho, sus hermanos Moisés y Rafael, Carlitos Segredo, Francis el de Marina, Jorge Morales, … Y quisiera estar con ellos. Subir Los Pasos y bajar al Pescante tras tomar un café con leche en el bar de Margot mientras miro arriba y escucho que el camino me llama. Y después. Después, dar una vuelta con ellos por alguna zona de La Gomera mientras nos contamos nuestras vidas o recordamos tiempos donde fuimos felices y no lo sabíamos, días lejanos ya, instantes difuminados en el territorio de lo que no volverá.

Y, de repente, recuerdo que hay muchos casos también en La Gomera, que ellos también lo están pasando mal, impotentes ante eso tan pequeño que ha supuesto un cambio tan grande. Y mi preocupación crece, deseando rezar, si yo fuera creyente, para que no le pase nada a nadie, que el virus pase de largo ante gente que es buena o que nunca le ha hecho daño a nadie, ante gente que no lo merece. Pero ya se sabe que las cosas no funcionan así y no hay peor tirano que la vida misma. Este bichito ya ha tocado a gente cercana a mí y eso acrecienta mi miedo, no porque lo coja yo sino porque temo por ellos. Ahora no parece haber barreras para el contagio y tan sólo la vacuna puede protegernos de complicaciones muy peligrosas. 

Y así estamos. Esperando que el virus se quede pero que no moleste mucho. Ése parece ser el futuro.
Sigo caminando y ya el fresco no es tan fresco y la bruma se va apartando para dejar paso a un sol que si no es resplandeciente sí que es novedoso, repentino, que acude sin ser esperado, como las cosas buenas después de muchas cosas malas. Y ahora mis pasos son más vigorosos, más centrados, con mejores apoyos al pisar porque me apoya esa luz fina y suave de un sol de invierno en Guamasa.

Y la gente ya no parece tan triste, con un lenguaje corporal donde el hartazgo ha dado paso a algo parecido a saldremos de ésta, esbozando sonrisas que no se pueden ver pero que sí se notan en la mirada, dejando atrás lo que no conviene para abrazar la única energía que nos queda: el seguir adelante.
Sí, seguiremos adelante, yo en Guamasa, mis amigos en Agulo, y cualquier persona que pisa la faz de este desdichado planeta. Debemos seguir adelante, realzando lo bueno de la gente sencilla, haciendo ver que no somos tan malos, echando una mano a aquél que zozobra, sonriendo con energía para que nadie se pierda, uniendo voluntades que son más fuertes que todos los virus del mundo.