Cuando la actualidad invade...

...Y descubrió lo que algunos querían decir cuando hablaban de La Libertad. Fue justo allí, cuando metió los pies en aquel charco.

En el ambiente se extendía el aroma a tierra mojada. Caían las primeras gotas de lluvia que regalaba el otoño. Caminaba por la calle, enfundada en sus tejanos y en la camiseta blanca. Hacía calor y llevaba unas sandalias azules que dejaban ver unas uñas perfectamente esmaltadas en un tono turquesa.

Andaba sin rumbo fijo, dejándose llevar por sus pasos, absorta en los ecos del día que aún resonaban en su mente. Una mezcla de noticias se solapaban unas con otras. 
Recordaba las palabras de la madre de un soldado estadounidense amenazado de muerte por los yihadistas: "Imploramos a sus captores que muestren clemencia y utilicen su poder para dejar ir a nuestro hijo"

Súplicas tras súplicas. Otras madres antes también habían solicitado clemencia, como así lo había hecho la mamá de Steven Sotloff: “Como madre, le pido que su justicia sea misericordiosa y no castigue a mi hijo por asuntos sobre los que no tiene control”. 

El hecho de intentar colocarse en el lugar de esas destrozadas mujeres, presas de la pena y la impotencia, se le antojaba dolorosamente imposible. Ni por un momento quería imaginarse en esa situación; sabía que esos asesinos no atenderían a ruegos de ningún tipo. “Quiero lo que quiere toda madre, vivir para ver hijos de sus hijos. Les ruego que me concedan esto”, decía en aquel corte radiofónico Shirley Sotloff hace unos meses.

Una cifra la asustaba: al parecer, mas de 5.000 europeos se había sumado al yihadismo. Mejor no pensar en esto, sacudió su cabeza, continuó su camino sin rumbo, sin prisa y le vino la imagen de Teresa, enfundada en su jersey violeta y acariciando a su perro, Excalibur, recostado apaciblemente sobre su dueña. Pensó en ella y sonrió. 

¡Ojalá que se recupere y no permita que el ébola se haga fuerte en su organismo!, deseó.
 Pensaba en Teresa Romero con la misma claridad con la que podría pensar en cualquiera de sus amigas...

¡No la conocía de nada pero daba la sensación que la conocía de todo!: era capaz de ponerle rostro en el sofá blanco de su casa, de fiesta con sus amigas, tomando café enfundada en su bata blanca de auxiliar de enfermería; sabía como era su marido y su nombre, Javier Limón. También llegó a conocer a su perro, de nombre Excalibur y que lo habían matado. Se había enterado, sin querer, de la dirección de su casa; dónde iba a pasear a su mascota y en qué peluquería se depilaba... 

Además era capaz de ponerle voz y cara a la mamá de Teresa, a doña Jesusa, que vive en una bonita casa en Becerrá, en Galicia. Recordó que incluso "conocía" a la prima y al hermano, un chico muy agradable con coleta -o algo así- que dijo haber perdido su trabajo a causa del pánico al contagio...
Mientras deambulaba concluyó que conocía más de lo que debiera conocer, sin duda. 
¿Dónde empieza y dónde termina el derecho a la privacidad e intimidad?,  se preguntó

Y cuando ya, aparentemente, no quedaba más que escudriñar asaltó su recuerdo el soniquete del falso 9N. Había escuchado la comparecencia del Presidente del Gobierno Catalán  y aún estaba intentando digerir la nueva propuesta. Pudiera ser que la conclusión a la que había llegado fuera errónea  pero le había resultado una especie de tomadura de pelo a los catalanes, tanto a los que defienden la independencia como a los que no.  

¿Cómo se podía pedir a la ciudadanía que jugara a "votar", de tal manera que algunos tuvieran clara una propuesta electoral que los encumbrara al sillón de Gobierno... ?
Bueno, en esto mejor no entrar porque me pilla lejos, aseveró a la vez que no permitió que los pensamientos sobre las tarjetas opacas y del descaro de los de siempre se adueñaran ni un minuto más ni de su mente  ni de su tiempo.

 Justo en ese momento, contrariada por sus propios pensamientos, vio como sus pies se adentraban en un charco, quedando empapados. 

Lejos de enfadarse se descalzó asiendo los zapatos con los dedos de su mano. Dos señoras que pasaban la miraron. Ella les devolvió una sonrisa cómplice y chapoteó. Le gustó esa sensación de rebeldía. Abrió los brazos, estendiéndolos todo lo que pudo y giró y giró y giró...mientras reía.

Alguien dijo: ¡está loca!
Ella solo pensó: Loca no, ¡libre!